domingo, 24 de enero de 2010

COMO HACER PERIODISMO EN HAITÍ....

La madre de un bebé rescatado. Jorge Barreno

La madre de un bebé rescatado. Jorge Barreno
Jorge Barreno Puerto Príncipe
Actualizado sábado 23/01/2010 21:51 horas

Cualquier trabajo en Haití es difícil. El periodismo, también. Sin internet fijo, sin una red de teléfonos que funcione, sin comida, sin agua, sin tiempo para ayudar a los necesitados. Estrés y más estrés. Los temas surgen solos, eso sí. Sólo consistía en poner un pie fuera del aeropuerto internacional Toussaint de Puerto Príncipe. ‘Consistía’ porque, ante las protestas y los robos de agua y de comida, los periodistas tienen desde ayer vetado el acceso al campamento base.
La economía del trueque. Es la única manera de subsistir en Puerto Príncipe. “Yo te doy esto, nos hacemos amigos y tú me das esto otro”. Las jornadas comienzan pronto en la capital haitiana, con la salida del sol. Lo primero que hay que hacer es planificarse el día. “¿Dónde voy hoy?” Como si fuera un parque temático del drama hay que ir seleccionando objetivos: el hospital, la morgue, el puerto, el rescate de víctimas, el reparto de agua y de comida, etc, etc. Los temas son tan variados que de lo que se trata es de ser diferente.

Sin desayunar, ya habrá tiempo para ingerir algo, lo primero es comunicarse con la redacción para diseñar los pronósticos del día. Aquellos que no poseen un BIGA (minisatélite de conexión a Internet) lo tienen crudo, toca buscarse las habichuelas. A veces, cuando les apetece, los móviles funcionan, pero no es habitual.

El otro artefacto más solicitado de la ‘tribu’ de reporteros es el teléfono satelital, un armatoste semejante a los primeros móviles ‘ladrillo’, con el que se puede llamar desde cualquier parte del globo. Cuando era posible pernoctar en el aeropuerto la todopoderosa red de redes funcionaba de 7 de la tarde a 7 de la mañana, horario en el que los generadores conectaban a los periodistas con el resto del mundo.

Moto-muerte
Con las tareas ya escritas, toca salir a la caótica calle. Lo primero es echarse un medio de transporte. Hay tres opciones. 1. Alquilar un coche. 2. Alquilar un coche con chófer por días. 2. Alquilar una moto con chófer. El problema de la primera opción es la falta de gasolina. El problema de la segunda, el precio: 1.000 dólares por hacer un trayecto de 100 kilómetros entre Puerto Príncipe y Jacmel. “¿Estás de broma o qué?”. Sólo queda la tercera opción, la más camicace de todas, la más barata, la moto-muerte.

Sin casco, en dirección contraria, sin cuentakilómetros ni marcador de gasolina, sin razón. Montarse en una motillo es jugarse la vida. Además del chófer puede haber uno o dos pasajeros, al gusto. Regateando y regateando se puede conseguir un día de moto con chófer por 50 dólares, gasolina incluida.

Hay que tener cuidado porque es normal quedarse tirado por cualquier esquina sin gasolina, por lo que hay que cercionarse de que el depósito está lleno. Regatear puede suponer toda una odisea. Decenas de haitianos te rodean y se meten en la conversación. Como en las antiguas civilizaciones el pueblo toma parte de la más nimia decisión, lo que al occidental le puede poner un poco nervioso.

A veces, las menos, se encuentran conductores encantadores como Djossy Raphaer, buena gente. Le gusta su trabajo y le gustan los extranjeros por lo que además de chófer hace de guía. “Esto era el Palacio Presidencial. Esto otro, la catedral. ¿Tienes hambre?”. De repente para en un puesto callejero y compra un sabroso mango y unas pastas de harina rebozada. “Mañana compramos un vino, ¿qué te parece Joge?”. La gran dificultad es cómo quedar. A tal hora en tal sitio. Lo normal es no llegar a tiempo porque ha habido algún inconveniente.

Ayuda, ayuda y cooperación
Lo más duro, sinceramente, es ver a niñas con las piernas rotas que te piden ayuda. A madres que no encuentran a sus hijos y te piden ayuda. A enfermos que te piden ayuda. A niños de tres años que se tocan la barriga y te piden ayuda. A haitianos que buscan entre los escombros a sus familiares, posiblemente muertos, y te piden ayuda. Ayuda, ayuda, ayuda.

Sin embargo, el tiempo corre, llega la hora de cierre en España, y tú tienes que conseguir Internet como sea para mandar lo que sea y cumplir por ese día. “Ayuda, por favor”. “Lo siento, no puedo, pero volveré”. Nunca vuelves porque no puedes. Y esos ojitos que te miran desconsolados o ese olor a cadáver se quedan impregnados en el corazón y en la nariz, para siempre.

Dos son, más bien eran, los posibles lugares para pernoctar: un hotel como el Ville Criolle, en el que la piscina estaba tan llena de gente que no cabía, o el campamento de cooperación, donde Virginia, la típica responsable de prensa de Aecid, que no sale del campamento ni una vez en dos semanas, y que se toma unos 'whiskycitos' en las amargas noches haitianas, no puede ser más desagradable. Será la tensión haitiana.

Condiciones de pago
“O conseguís comida y agua u os vais de aquí”,
amenazó Virginia a la tribu informativa, desde la desesperación, al ver cómo ni cooperantes ni periodistas tenían agua que beber o un pedacito de algo que meterse a la boca. “¿No pagamos nuestros impuestos con los que se compran todas estas cositas que no salen de la base, mientras la gente está a punto de morir en la calle?”, nos preguntábamos los malos periodistas.

Solución, salir a la calle y una vez más buscarse las habichuelas, y tirar del trueque. Comprar cinco refrescos en una esquina y cambiárselos a quién sea por una lata de ensalada de atún o unas galletitas. Siguiente paso, lograr cambiar dólares por gourdes, la moneda local. Actualmente, un dólar, 35 gourdes. Quien tiene gourdes tiene el poder comercial, pues todo es mucho más barato. Y así, poquito a poquito, guardando como las hormiguitas, te haces tu propio almacén de víveres, en un momento.

Otro grave y desesperante problema en el campamento era el canibalismo periodístico, ese tan feo que se ve en Madrid, en China o en Haití. “Tengo una exclusiva, acabo de entrevistar a los cooperantes de Castilla y León que han tenido que dejar a una persona viva entre los escombros por razones de seguridad”. Minutos después, F., gran profesional de la primera emisora de radio de España, radia la misma noticia a millones de españoles. ¡Qué casualidad!, ¡si duerme en la tienda de al lado y justo ahora se encontraba en su dulce morada!

Resumiendo lo irresumible. Una vida caótica, llena de adrenalina, de contratiempos inesperados, de hambre, de sed, de angustia por ver a gente tan buena sufriendo tanto (los haitianos), por no poder hacer nada. En la que también hubo muchos momentos buenos, como compartir una lata de atún y unas risas con los cooperantes, conseguir tus propios víveres, dar un paseo en moto, ver cómo sacan viva a una superviviente de trece días o darle la manita a un niñito haitiano que está vivo y te sonríe con sus grandes y bonitos ojos.

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