domingo, 24 de enero de 2010

LAS PEQUENAS GRANDES VICTIMAS,,,,


Deambulan perdidos por las calles; alborotan los campamentos de refugiados; ríen y lloran a la vez; pasan hambre y pierden, cada día que se quedan sin escuela, una oportunidad de futuro que ya de por sí era escasa.

Son las víctimas más pequeñas del terremoto que sacudió a Haití, los niños. Según agencias internacionales, por si no bastara con el trauma sufrido, ahora corren peligro de ser secuestrados por gente sin escrúpulos que no se arredran ni ante una tragedia como la que ha sufrido este país caribeño.

Impacta contemplar a los huérfanos del desastre o aquellos que vagan perdidos en busca de sus padres entre el laberinto de escombros en que se ha convertido la capital haitiana.

¿Cuántos son? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Según datos de agencias de Naciones Unidas, hasta medio millón de niños se han visto afectados de alguna forma por el terremoto. Y, antes de éste, ya había unos 380.000 huérfanos en el país. Pero ni siquiera antes del seísmo que lo trastocó y destruyó todo había cifras fiables. Haití no es un país fácil para los adultos y mucho menos para los menores.

Orfanatos abarrotados
Lo que no engaña, sin embargo, son las cifras que reportan los orfanatos. No paran de llegar nuevos niños a sus puertas, algunos por su propio pie, otros dejados por personas que los encontraron o incluso por sus propios padres, incapaces de ocuparse de ellos tras haberlo perdido todo.

Lo saben bien en el Orfanato Cristiano de Haití, en Puerto Príncipe. A los 56 niños que albergaban antes del sismo se han unido más de 50 que dicen no saber dónde están sus padres, ni si viven aún. Sus edades oscilan entre los seis y 12 años, pero también los hay más pequeños, incluso bebés.

Es un número excesivo para las capacidades de esta institución que, si bien no sufrió graves daños materiales, se ha visto desbordada por la afluencia de pequeños traumatizados desde la catástrofe.

Además, da refugio a varias decenas de familias que también lo perdieron todo durante el terremoto. Cuidan de sus hijos mientras ellos van en busca de algún alimento o trabajo.

"Ya no podemos albergar a más", se lamenta Reginald Fourquand, uno de los cuidadores del orfanato, de 22 años. "Pero tampoco podemos dejarlos fuera", reconoce. Él mismo creció en este recinto y conoce bien los límites de unas instalaciones que no pierden su lúgubre aspecto.
Menos aún tras el terremoto, que lo revolvió todo. Han tenido que despejar el almacén y el patio trasero para hacer fogatas donde cocinar, ni siquiera hay suficientes fogones.

"No hemos recibido ninguna ayuda y necesitamos comida, agua y medicamentos", recita en una retahíla repetidamente escuchada en este Haití que sólo en los últimos días ha empezado a recibir, por fin, la ayuda humanitaria.
Hasta la escuela que tenían tuvo que ser desalojada para alojar a los recién llegados. Aunque eso no importa por el momento, apunta Fourquand, "el estado moral de los niños no es el correcto para recomenzar por ahora las clases".

Miedo ante un nuevo derrumbamiento
Cada vez que vuelve a temblar la tierra en Puerto Príncipe, y van ya muchísimas réplicas fuertes, los pequeños vuelven a ser presas del pánico. Tanto que, muchos de ellos, y a pesar de las recomendaciones de sus cuidadores, han decidido sacar a la calle los colchones de sus literas metálicas.

Con sus escasos medios, los cuidadores tratan de proporcionarles terapias ocupacionales, pero sobre todo les dejan jugar con lo que tienen, que no es mucho: una vieja pelota, un aún más viejo patinete.

"Intentamos hablar con ellos, animarlos, jugar con ellos para hacerles olvidar lo ocurrido. Si todo esto se queda en sus cabezas, les va a pasar algo grave", explica.

Suspendidas las adopciones
Pese a los traumas, el orfanato es consciente de la peligrosa situación actual de los pequeños y de las incertidumbres de una adopción acelerada. Por eso no van a dar ningún paso hasta que llegue el director del centro, el pastor estadounidense Rick Vanhoose.

Hasta que llegue, esperado como maná, han tomado sus precauciones para evitar que alguno de los niños se pierda o, como se teme estos días en Puerto Príncipe, sea secuestrado con fines macabros.

La puerta de hierro del orfanato, antes siempre abierta en señal de bienvenida, permanece ahora cerrada. Han puesto una vigilancia extra y los propios huérfanos de más edad están alerta.

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