sábado, 19 de junio de 2010

MUERE JOSÉ SARAMAGO, EL AUTOR QUE BUSCÓ UN MUNDO JUSTO...

El Nobel portugués falleció ayer a los 87 años de edad a consecuencia de una leucemia crónica El autor de Ensayo sobre la ceguera y Memorial del convento fue un hombre comprometido y riguroso, implicado en numerosas causas políticas y sociales
El escritor portugués, una de las miradas más lúcidas y feroces de la sociedad contemporánea Fundación José Saramago

VÍCTOR A. GÓMEZ / L.O. MÁLAGA/MADRID
«Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar». Era el leit motiv del Nobel portugués José Saramago, en sus propias palabras, un escritor que utilizó la letra y la tinta como herramientas para buscar un mundo mejor a partir de la feroz crítica del actual –«Yo no soy pesimista; es que el mundo es pésimo, una cosa infame»–. Ayer murió, a los 87 años, en su casa de Lanzarote, donde residía, sin haber logrado del todo su objetivo, pero dejando a muchos contagiados por el virus de su reflexión. No tenía el poder para cambiar el mundo, pero sí para que muchos se dieran cuenta de lo absolutamente necesario que era hacerlo.

«¿La muerte? Es un proceso natural, casi inconsciente. Entraré en la nada y me disolveré en ella». Y así fue: falleció por una leucemia crónica tranquilamente, junto a su esposa y traductora, la granadina Pilar del Río, la mujer que le llevó a sentenciar que nuestra única defensa contra la muerte es «el amor». Los restos mortales del Premio Nobel de Literatura José Saramago serán incinerados en Portugal; una parte de sus cenizas se depositarán en su pueblo natal, Azinhaga, en Portugal, y otra se enterrará junto a un olivo de su casa de Lanzarote.
Desde ayer, los políticos –todos, no sólo los de derechas: «Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda»–, la democracia, el capitalismo, los centros comerciales –«las grandes catedrales de nuestra época»– y, como él decía, «los que hacen sufrir a tantos» respiran más tranquilos porque no van a oír los aullidos del autor de Ensayo sobre la ceguera y Memorial del convento, el comunista que «ha vivido como ha escrito, tan lúcido e íntegro en sus libros como en los días de su vida», tal y como dijo en una ocasión la novelista colombiana Laura Restrepo.

«Sólo soy alguien que, al escribir, se limita a levantar una piedra y a poner la vista en lo que hay debajo. No es culpa mía si de vez en cuando me salen monstruos», afirmó en 1997, con motivo de uno de sus múltiples doctorados honoris causa, los honores previos al culmen de su carrera, el Nobel de Literatura, en 1998, un premio, como solía decir, al que llegó sin haber tenido que renunciar al comunismo.
Mucho tuvo que vivir hasta alcanzar ese momento. Hijo y nieto de campesinos, José de Sousa, nombre real de Saramago –el apodo de su familia paterna, que el funcionario del Registró Civil añadió tras su nacimiento– vino al mundo en 1922 en la pequeña aldea de Azinhaga. Las penurias y rudezas de una cuna sin pedigrí le llevaron, primero, a abandonar los estudios ante la falta de medios económicos de sus progenitores –era un brillante alumno; con los años diría: «El hombre más sabio que jamás he conocido no sabía ni leer ni escribir»– y, después, a ejercer casi de todo, como cerrajero, mecánico, editor y periodista, hasta que en 1947 logró cumplir su primer sueño, publicar una novela, Tierra de pecado. Ahí está el germen del corpus literario de Saramago: personajes llenos de dignidad, sucesos que estremecen y conmueven al lector para, después, llevarle a la reflexión.

Por esa época prendió en él la conciencia política que siempre le acompañó y que le llevó a afiliarse en 1969 al Partido Comunista Portugués. Tras un largo silencio de casi veinte años, en los que estuvo sin publicar porque no tenía «nada que decir», Saramago se atrevió con la poesía entre 1966 y 1975 y publicó Poemas posibles, Probablemente alegría y El año de 1993. Mientras tanto, sufría la persecución de la dictadura de Salazar pero no cejaba en su empeño: hasta en su tiempo libre se dedicaba a la literatura, la de otros, traduciendo más por placer a autores como Tolstoi o Collette.

Pero lo mejor todavía quedaba por delante.
Reconocimiento
El reconocimiento mundial no le llegó a José Saramago hasta los sesenta años, con Memorial del convento, una reflexión cruda y descarnada sobre los padecimientos del pueblo llano en plena época medieval; también la novela que, según ha contado Pilar del Río en más de una ocasión, propició su relación amorosa con el escritor. A la periodista y posterior traductora de la obra de Saramago le impresionó tanto la lectura de ese libro (Premio del Pen Club Portugués) que se fue a Lisboa a entrevistar a su autor en 1986. Dos años más tarde se casaron.

La fama le llegó con El Evangelio Según Jesucristo (1991), un libro repudiado por el Vaticano y hasta por la propia Portugal, en teoría una república laica: el gobierno del país prohibió que se presentara al Premio Literario Europeo de ese año alegando «ofensa a los católicos». Como acto de protesta, Saramago abandonó Portugal y se instaló en la isla de Lanzarote. Desde allí siguió aullando, cada vez con más oyentes atentos.
El año 1995 fue especial para el portugués, con la obtención del Premio Camoens al conjunto de su obra y la publicación del Ensayo sobre la ceguera, primera entrega de su trilogía sobre la identidad del individuo, que continuó con Todos los nombres (1998) y cerró con Ensayo sobre la lucidez (2004).

Últimos años
En los últimos años, Saramago no dejó pasar demasiado tiempo entre novela y novela. Era consciente de su edad y, como dijo en una entrevista, si tenía «aún algo para decir», lo mejor es que lo dijera «cuanto antes». Aunque también afirmaba que «llegará el día en que se acabarán las ideas, y no pasará nada» –no llegó: la muerte le pilló trabajando en una novela–.

Fruto de esa urgencia por contar fueron sus novelas La caverna (2000); El hombre duplicado (2002); Las intermitencias de la muerte (2005); Las pequeñas memorias (2006); El viaje del elefante (2008); y Caín (2009), la última novela del luso.

«He intentado no hacer nada en la vida que avergonzara al niño que fui», solía zanjar Saramago al ser preguntado por su obra. El niño sonreiría.

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